A veces, a los perros nos apetece aullar a la oscuridad de
un cielo nocturno, querer atrapar estrellas con el hocico dando mordiscos a la
nada, incluso ladrar al aparente silencio y al vacío.
Eso debieran saber que lo hacemos siempre sin tristeza,
quizá porque nosotros los perros vivimos comunicándonos a todo cuanto nos
sabemos conectados y parte, ladramos a las vidas pasadas, futuras, a nuestros
yoes en la infinidad de universos posibles y visibles a nuestra profunda mirada.
Hacemos también tontas proezas porque sabemos secretos que ustedes desconocen,
al menos en estado de vigilia; si en
sueños logran hacer cosas inimaginables nosotros los perros jugamos
constantemente a traspasar los límites
de lo posible, se sorprenderían de saber
cuántos perros muerden estrellas y continúan sin perder la actitud servil hacia
los hombres, más inaudito les parecerá que
muchos logran morder un pedazo de cielo sin encontrar en su hazaña nada de
sorprendente y vuelven a casa buscando lamer la mano de sus amos; los perros
tenemos, pues, la ingenuidad y sabiduría de muchos de los locos que ustedes
también ven hablarle al silencio y al
vacío, esos mismos que les producen lástima y menosprecio pero que nosotros reconocemos
como iguales por conocer y comprender las mismas cosas que nosotros, por
conocer y comprenderlo TODO y ser libres.
Advertimos, sin duda,
la razón de su incomprensión, del rechazo y la soledad a la que obligan a esos
locos que logran un estado de conciencia tan diferente al suyo y tan próximo a la
simplicidad de nosotros los perros, pero una vez que en uno cobra sentido el
aullido a la oscuridad ya jamás se puede volver a percibir las cosas del mismo
modo, finalmente perros y locos aceptamos el solitario camino
de la sabiduría y la libertad con candor e inocencia, incluso con una sonrisa
que muchas noches le compartimos a la luna.
Una vez alguien inventó una historia sobre un tal Wang-Fô quien
logro subirse al barco que había pintado en un rollo de seda, los hombres que
presenciaron el que viejo pintor chino entrara a su cuadro no pudieron creer lo
que ocurría aún cuando el nivel del agua que brotaba del lienzo era tal que
casi los ahogaba, nosotros sabemos muy bien que en realidad Wang-Fô existió y navegó
hasta desaparecer en el infinito mar azul de su propia obra, cosa en absoluto excepcional
porque si bien los hombres no están hechos para perderse por el interior de una
pintura nosotros los perros sí.