Monday, February 18, 2013

En el barco de Wang-Fô iba además un perro.



A veces, a los perros nos apetece aullar a la oscuridad de un cielo nocturno, querer atrapar estrellas con el hocico dando mordiscos a la nada, incluso ladrar al aparente silencio y al vacío.

Eso debieran saber que lo hacemos siempre sin tristeza, quizá porque nosotros los perros vivimos comunicándonos a todo cuanto nos sabemos conectados y parte, ladramos a las vidas pasadas, futuras, a nuestros yoes en la infinidad de universos posibles y visibles a nuestra profunda mirada. Hacemos también tontas proezas porque sabemos secretos que ustedes desconocen, al menos en estado de vigilia;  si en sueños logran hacer cosas inimaginables nosotros los perros jugamos constantemente a  traspasar los límites de lo posible,  se sorprenderían de saber cuántos perros muerden estrellas y continúan sin perder la actitud servil hacia los hombres, más  inaudito les parecerá que muchos logran morder un pedazo de cielo sin encontrar en su hazaña nada de sorprendente y vuelven a casa buscando lamer la mano de sus amos; los perros tenemos, pues, la ingenuidad y sabiduría de muchos de los locos que ustedes también ven hablarle  al silencio y al vacío, esos mismos que les producen lástima y menosprecio pero que nosotros reconocemos como iguales por conocer y comprender las mismas cosas que nosotros, por conocer y comprenderlo TODO y ser libres.

 Advertimos, sin duda, la razón de su incomprensión, del rechazo y la soledad a la que obligan a esos locos que logran un estado de conciencia tan diferente al suyo y tan próximo a la simplicidad de nosotros los perros, pero una vez que en uno cobra sentido el aullido a la oscuridad ya jamás se puede volver a percibir las cosas del mismo modo,  finalmente  perros y locos aceptamos el solitario camino de la sabiduría y la libertad con candor e inocencia, incluso con una sonrisa que muchas noches le compartimos a la luna.

Una vez alguien inventó una historia sobre un tal Wang-Fô quien logro subirse al barco que había pintado en un rollo de seda, los hombres que presenciaron el que viejo pintor chino entrara a su cuadro no pudieron creer lo que ocurría aún cuando el nivel del agua que brotaba del lienzo era tal que casi los ahogaba, nosotros sabemos muy bien que en realidad Wang-Fô existió y navegó hasta desaparecer en el infinito mar azul de su propia obra, cosa en absoluto excepcional porque si bien los hombres no están hechos para perderse por el interior de una pintura nosotros los perros sí.



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